CAPÍTULO 10: CIUDADES

CAPÍTULO 10: CIUDADES1

 

La economía industrial, indudablemente, repercutió en los procesos de urbanización moldeando el territorio en provecho del desarrollo industrial. De este mismo modo, se comienza a vislumbrar un proceso de re-organización de la mano del cambio climático que poco a poco instala en la agenda urbana necesidades y requerimientos para el desarrollo sostenible y autosustentable. Se trata de entender un nuevo fenómeno que comienza a aparecer y al deben responder las ciudades, este nuevo paradigma que instala nuevos factores que constituyen al desarrollo social y económico.

10.1 Inteligencia urbana, complejidad social y resiliencia

Un equívoco muy extendido consiste en reducir el urbanismo a un conjunto de conocimientos y prácticas ordenadas con una perspectiva funcionalista de la Ciudad. En esa lógica el urbanista es la persona que debe lograr que la Ciudad “funcione”. Se trata de un reduccionismo mecanicista que sin embargo cíclicamente cobra valor, sobre todo a la luz de las dis-funcionalidades significativas que nuestros entornos metropolitanos padecen.

Sin  embargo,  se  trata  de  una  perspectiva  que  soslaya  lo  esencial:  la  búsqueda  de  la  Ciudad como espacio de ciudadanía, como lugar de emancipación y por lo tanto de tensiones (bien o mal administradas), como hábitat de lo diverso (incluso de lo contradictorio), como territorio común siempre en construcción. 

Si bien desde tiempos inmemoriales el fenómeno urbano ha sido objeto de reflexión social y grandes filósofos clásicos de Oriente y Occidente le han dedicado su mirada; no ha sido hasta la emergencia de la metrópolis industrial que dichos pensamientos se han desintegrado con una sistematicidad relevante.

Claramente la revolución industrial (basada básica, pero no excluyentemente, en la innovación técnica) y el proceso territorial asociado a la misma han constituido un impacto de tal significación en los modos de vida, que movilizaron la atención intelectual y la búsqueda de respuestas racionales a los nuevos retos de la aglomeración indiscriminada, creciente y caótica.

En aquel contexto, se inscribe la elaboración por parte de Idelfons Cerdá de la “Teoría General de la Urbanización” (1867), obra que se toma como referencia inicial del urbanismo.

Si en algo destacó especialmente la teoría de Cerdá, urbanista e ingeniero, fue en no limitar la comprensión de los fenómenos que provocaron el crecimiento de las ciudades – en su caso especialmente Barcelona – a una cuestión simplemente de necesidad de espacio.

 


1 Este capítulo es autoría de Fabio Quetglas.


 

Efectivamente, dedicó gran parte de su tiempo a la observancia de la complejidad social denotando que los cambios no estaban provocados exclusivamente por la revolución tecnológica, sino además por una suma de tensiones entre los ámbitos político y económico a los que se añadía el advenimiento de la industria fabril mecanicista y las nuevas clases sociales. Cerdá advirtió que las transformaciones que sucedían a su alrededor excedían la forma de producción, y su obra está impregnada de dicha intuición. El mundo cambiaba y en ese cambio las perspectivas particularistas siempre resultarían insuficientes. De allí probablemente surge su ambición de constituir, como tan de moda estaba en la época, una “Teoría General”. 

Su análisis social-urbanístico ya preconizaba la posibilidad de entender las ciudades tal y como luego  fueron  comprendidas:  como  organismos  vitales.  En  un  proceso  de  lenta  maceración  y debate, cruce de tradiciones intelectuales y revisión de lo pensado, cada vez se sabe más que dicha vitalidad no responde a patrones lógicos pre-establecidos, sino que ese devenir es fruto de múltiples circunstancias sociales y naturales.

La economía industrial transformó el paisaje urbano, sometido a la presión demográfica, y aumentó la necesidad de acceso a servicios y sistemas de comunicación distintos. Se trata de una historia conocida, se piensa las ciudades industriales para las necesidades industriales. Se diseñan sus vías de comunicación, sus barrios obreros, sus zonas logísticas.

Sin pretensión de emular el legado de Cerdá, no se puede soslayar que las ciudades de hoy deben pensarse en el triple contexto de la globalidad, la sociedad informacional y el cambio climático; con una diferencia central a lo ocurrido hace dos siglos: en general, la sociedad es más consciente que antes de que el carácter distintivo de nuestras ciudades son el movimiento y la comunicación, y por tanto ella misma es el input que hacen posible el movimiento y la comunicación. Probablemente así como es impensable imaginar la ciudad industrial sin estrategias de alfabetización masiva, sea absurdo pensar la ciudad informacional sin estrategias de plurilingüismo masivo.

Las ciudades actuales en proceso de “nueva reticulación”, re-organizándose en base a los flujos informacionales y capacidad de incidencia en la globalidad, construyen (como lo hicieron las ciudades industriales) elementos novedosos de cohesión/segregación, paradigmas emergentes y por supuesto nuevos elementos de conflictividad.

Resulta por tanto obvio, que la agenda urbana es en realidad siempre una agenda socio urbana o más precisamente es, de algún modo, la síntesis espacial de las dificultades de organización en respuesta a los desafíos de cada época. Y esos desafíos hoy son claramente cinco: la integración de las ciudades en clave competitiva a los espacios globales, el re-entrenamiento masivo de la población para los requerimientos de la nueva economía, la gobernabilidad, el nivel de cohesión social y el soporte infraestructural de las estrategias urbanas frente al cambio climático.

No se trata de la búsqueda de una respuesta adaptativa sectorial, se trata de entender el cambio de época y su incidencia en las ciudades.

A pesar de esto, se debe prestar atención a factores de cambio esenciales cuyos orígenes se remontan a fines del Siglo XIX y principios del siglo pasado. Por tanto, forman parte implícita de la manera de vivir las ciudades como colectivo. De entenderlas, de concebirlas. 

Entre otras cosas, el paso de la vida aldeana a las metrópolis, constituyó un cambio cultural. La ruptura definitiva de los ámbitos de producción-reproducción, la emergencia de la empresarialidad como organizador de la vida económica y la reducción de las funciones familiares. El auge del protagonismo de las políticas institucionales públicas y el crecimiento de empresas, desde el punto de vista económico, condujo a una polarización entre gestión pública y privada, derivando a más largo plazo en la transformación de los espacios urbanos e individuales. Los Estados y las Corporaciones económicas han reconfigurado la idea de público y privado, han limitado lo doméstico, han institucionalizado muchos espacios de lo común (y le han cambiado el carácter), y dicha restricción conceptual y de sentido colectivo, deriva en una incapacidad de concebir la ciudad frente a los retos no particularistas.

A lo largo de más de dos siglos se forjó un cambio de mentalidad en las personas, un nuevo “sentido común” derivado de los nuevos procesos de interiorización y construcción colectide la identidad, llevado adelante por las grandes organizaciones del industrialismo moderno (Estados y empresas).

La ciudad industrial derivada de la migración, la aglomeración, la resolución del conflicto espacial y de las necesidades espaciales de la nueva economía industrial; a diferencia de la aldea medieval, rompe su relación de directa dependencia con el entorno natural, y reconfigura el espacio como espacio centralmente productivo, la idea de público/privado como espacios de aprovechamiento diverso. Se da inicio al proceso de funcionalización extrema de la ciudad.

Una de las consecuencias más evidentes hoy en día es un doble proceso de “consumo de institucionalidad pública”, con su consecuencia: la deslocalización física de muchos aspectos de la vida de las personas (por ejemplo: el nacimiento y la muerte de las personas, que pasó de los domicilios a los hospitales afectando los tratamientos de cura, paliativos y preventivos de la enfermedad), al mismo tiempo que del desconocimiento creciente de la necesidad de un estándar de bienes públicos como soportes de la convivencialidad misma.

Es tan así dicho proceso, que toda nuestra estructura jurídica constitucional moderna no duda en tutelar la propiedad privada frente a la Autoridad Pública (a través de diversos institutos, pero sobre todo a través de la necesidad de Ley para forzar una transferencia y la correspondiente indemnización compensatoria); en cambio no existe tutela alguna especial para proteger cuando es a la inversa y el Estado transfiere al sector privado bienes comunes no sometidos al régimen de propiedad privada. Claramente, esto se constituyó de ese modo por múltiples motivos, pero entre ellos no debe descartarse la idea funcionalista de la ciudad y el abandono de los criterios comunitarios expresados en el espacio físico y su funcionamiento al servicio de la reproducción no lucrativa de la vida urbana.

Existen advertencias de la necesidad de principios, recursos, instituciones, lugares y políticas  que protejan lo “urbano en sí”, la ciudad y su funcionamiento, los ciudadanos en tanto personas con derechos, la actividad económica pero no solo como fuente de lucro (legítimo) sino de realización, los servicios y la construcción de sentido.

Toda la evolución fetichista, el gigantismo absurdo, los espacios contra natura y la ciudad como empresa muestran sus límites; no establecidos (solamente) por las resistencias socio urbanas sino por la fragilidad de la biosfera. Sin menospreciar el enorme acervo de cultura urbana construida,  los  aprendizajes  y  la  belleza  de  este  tránsito  tenso  desde  la  vida  aldeana  a  la  ciudad global. Pero justamente y en homenaje a la ciudad, no hay teoría sin criticidad.

En la actualidad las transformaciones urbanas, al igual que en los tiempos de Cerdá no son meras evoluciones espaciales; está cambiando la geografía económica pero también los soportes productivos, la sociedad y los procesos de constitución institucional. 

Los efectos de todos estos cambios dinámicos, retroalimentados entre sí, se traducen en los grandes retos actuales de las ciudades impulsadas por la simbiosis entre instituciones públicas y empresas privadas con alto valor industrial y tecnológico en I+D.

 

Recuadro 10.1 Transformación económica, transformación urbana: el caso de Pittsburg

Pittsburg se asienta sobre el margen donde confluyen los ríos Allegheny y Monongahela para desembocar en el río Ohio, un excelente canal para el transporte que bien supo utilizar la ciudad.  Sumado  a  este  recurso,  las  proximidades  a  yacimientos  de  carbón  la  convirtieron durante el siglo XX en un referente de la industria del acero. Pittsburg creció a la par de esta industria, adaptando su urbanización a las necesidades técnicas y demandas de la misma.

Hacia la década de 1970 la industria estadounidense del acero comienza a perder competitividad ante competidores internacionales que encontraban una mayor rentabilidad dado los bajos costos laborales y subsidios estatales que impulsaban esa industria. La crisis de la industria del acero como modelo de desarrollo económico era inminente para Norteamérica. De este modo Pittsburg encontraba el punto final de su crecimiento y la ciudad del acero, como se la conocía hasta entonces, debía reinventar todo su sistema de desarrollo económico y social.

Así comenzó un sistema de transformación en todas sus esferas. El paso de la industria del acero a la nueva era post-industrial permitió una salida airosa de la crisis. Servicios de alta gama en torno a la salud y la educación, desarrollo de software, biotecnología y la interacción entre las universidades junto al sector privado permitieron diversificar la economía de la ciudad, como así también un nuevo rediseño urbano adaptado a las nuevas necesidades económicas y sociales “así, donde antes había siderurgias, hoy hay múltiples zonas verdes y confortables parques que junto con sus numerosos puentes, personifican y ensalzan el atractivo de esta ciudad” (Fernández García, s/f).

La  clave  de  su  transformación  fue  la  capacidad  de  adaptación  al  cambio  y  comprender  la nueva agenda que se imponía al en torno al desarrollo económico y social.  De este modo Pittsburg continuó su desarrollo apostando en parte a las manufacturas, con una mayor diversificación hacia la industria de los implantes quirúrgicos y robótica, e incorporando nuevos campos de acción económica.

Tal y como describen muchos autores dedicados al tema, la idea de ciudad inteligente, se apoya en que mediante la extrapolación del conocimiento desarrollado en los procesos industriales se mejora la gestión de las infraestructuras debido a la presión de la transformación constante a la que están sujetas, optimización del transporte, mejora de la eficiencia energética, salud, telecomunicaciones, gestión de emergencias, infraestructuras hidráulicas, hábitat,  etc.

Sin duda alguna, la sensibilización ciudadana respecto a los efectos del cambio climático va a aumentar aún más la presión sobre el tándem público-privado para potenciar la sostenibilidad de las ciudades y de la vida diaria con perspectivas a largo plazo. Una paradoja es que sociedades civiles más potentes, movilizadas y con tradiciones de conquista de derechos tensan la frontera institucional generando mejores respuestas públicas y plataformas de negociación, y seguramente mejorando las posibilidades de construcción de respuestas, conocimiento y nueva competitividad.

En consonancia con las reflexiones de Saskia Sassen, se ve que el conflicto social industrial clásico está cambiando de escenario “de la fábrica a la ciudad”, y en ese cambio aparecen nuevas subjetividades centradas en la idea de hábitat compartido y lugar de la ciudad en el marco de la globalización. Las preguntas inteligentes para no banalizar el adjetivo “inteligente”, tienen que ver con aquellos cinco retos mencionados arriba y con la “territorialización” de cada uno de esos ítems. Resultaría poco inteligente, creer que el traslado mecánico de elementos de fetiche técnico pueda resolver la complejidad urbana.

Las miradas “primermundistas” al respecto ya tienen el sesgo en el análisis de cómo hoy en día debe mensurarse los requisitos que hacen de una ciudad una Smart City, como muy elocuentemente describe Manuel Moliner: 1) Sostenibilidad; 2) “Vivibilidad” (habitabilidad + seguridad); y, 3) Smart Mobility.

Probablemente en América Latina no resulte inteligente hacer una lectura lineal de esa posición, y tampoco descartarla. Lo inteligente es organizar una agenda urbana que de cuenta de la insuficiencia de cohesión y de las enormes dificultades de nuestras ciudades para gestionar los conflictos potenciales por la dignidad y el espacio. Cuanto más rápido se asuma esa agenda menos traumática será. Las dificultades de resiliencia en el tercer mundo no derivan excluyentemente del ensañamiento climático, sino de las desigualdades sociales y la falta de soportes infraestructurales mínimos.

América Latina, a diferencia de Europa Occidental debe poner centralmente (aún) el esfuerzo en el alcantarillado, la provisión de agua y cloacas, la apertura de calles, las vacantes escolares, el transporte clásico, evitar la dispersión física y las barreras estigmatizantes, etc. Nada de todo ello va en demerito de las mejoras de las tecnologías de sensorización en sistemas de adquisición de datos en tiempo real (SCADA’s), la investigación en robótica e Inteligencia Artificial, así como el futuro de las interfaces de realidad aumentada, un trípode que depara un cambio de paradigma en todos los aspectos descritos. Los efectos derivados de la multi-estabilidad tecno-lógica no van a ser siempre los esperados y, en realidad, predecirlos no es una tarea fácil, aún a pesar de los muchos esfuerzos institucionales dedicados al estudio de impactos tipo.

 

10.2 La inteligencia urbana y la hipercomplejidad social: dos caras de la misma moneda

Ahora bien, hablar de la sostenibilidad de las Smart City implica tener en cuenta, obviamente, la actual coyuntura económica y ambiental y  sus consecuencias en la eficiencia de los resultados del tándem público-privado, es como prestar atención a la espuma de un fenómeno que tiene demasiada sustancia.

Las dificultades fiscales de los gobiernos locales o las agendas públicas centralistas, son un límite crucial para la reconfiguración de las ciudades. La consecuencia natural de esto no es solo la desinversión y el riesgo urbano, sino que se sufre la pérdida de competitividad, de talento, de transmisión de conocimiento y capacidad de innovación que harían más rentables los productos industriales, más competitivos los entornos y más gobernables las dinámicas territoriales. 

Como bien señala Castells la incomprensión del fenómeno de adaptabilidad urbana derivará en la construcción indirecta de factores de subordinación territorial.

Según se ve, se asocian a este proceso dos problemas esenciales que frenan el crecimiento y la competitividad de las empresas del sector privado: 1) La ineficacia de las políticas públicas de  ocupación  y  formación,  2)  falta  de  consciencia  sobre  la  transformación  cualitativa  de  las relaciones  tecnológicas y  las  externalidades  técnico-adaptativas,  sobre  todo  en  el  marco  de las relaciones entre profesionales altamente cualificados, que está teniendo lugar en la Red. 

Sólo hace falta acudir a alguno de los muchos centros de coworking para comprobar que esa transformación está teniendo lugar al margen de los mecanismos de selección de talento tradicionales basados en una gestión cuantitativa de oferta y demanda.  

En ese “mundo económico del futuro”, la ciudad no es soporte físico ocasional (como a veces ingenuamente se piensa), sino laboratorio gigante cargado de calidad institucional, oferta cultural, servicios avanzados, estándares ambientales, niveles de seguridad, capacidades logísticas, etc. Es impensable una economía del conocimiento en un entorno degradado.

 

10.3 Resiliencia, prevención de riesgos y el enfoque tecnocrático

El uso habitual del concepto “resiliencia” en el ámbito de las ciudades es el relacionado con los desastres, ya sea un ciclón, una inundación, un terremoto o un accidente nuclear, y la capacidad de los sistemas urbanos de recuperarse de estos shocks de una forma satisfactoria.

Desde la ONU, más que una intervención post-desastre, lo que se promueven son políticas a nivel local para la reducción de riesgos como son la mejora de las infraestructuras, la elaboración de planes de contingencia, sensibilización, etc. Es decir, la idea es que la recuperación de un desastre será más fácil si la ciudad esta está preparada con anterioridad.

Aunque el concepto es relativamente nuevo, este tipo de políticas vienen desde muchos años realizándose, ya sea con la canalización de ríos, la prohibición de urbanizar zonas inundables, la construcción de edificios compatibles con la actividad sísmica o la construcción de diques de contención en la costa. Quizá la principal diferencia con los enfoques es esta mirada más amplia del riesgo. De todas formas continúa prevaleciendo una mirada ingenieril y sobre todo se soslaya la complejidad urbana y las capacidades de la nueva economía. Se persiste en la mirada top-down y tecnocrática, donde el peso de la elaboración de nuevas y costosas infraestructuras continúa siendo el eje central.

El origen de este concepto se encuentra en la ingeniería de materiales y describe la propiedad de un material para volver a la situación de equilibrio después de una perturbación.  Aplicada al territorio, esta mirada se vuelve conservadora ya que implica dirigir esfuerzos a volver un estado anterior supuestamente “normal”. En el caso de Santa Fe, después de las inundaciones, volver a la normalidad sería volver a las políticas segregacionistas espacialmente y a la falta de habitat de calidad, que sin duda agravaron la catástrofe, especialmente en los barrios más pobres; en el caso de Buenos Aires, luego del desastre pluvial del 2 de Abril del 2013 sería volver a la “normalidad” de crecimiento financiero-inmobiliario sin plan.

Sin embargo, si se incorpora la idea de transición, de aprendizaje, de pequeños cambios internos (“slow burns”) y de la posibilidad de transformación del sistema, el concepto de resiliencia resulta mucho más interesante. Especialmente si se contextualiza en la profunda crisis sistémica que se atraviesa. Desde esta perspectiva, la resiliencia no es concebida como el retorno a la normalidad, sino como la habilidad de los sistemas socio-ecológicos complejos para cambiar, adaptarse y transformarse en respuesta al stress y las tensiones internas y externas. Este concepto ha sido aplicado por el movimiento  “Ciudades en Transición”, una conocida iniciativa nacida de unos estudiantes de permacultura2 de Kinsale (Irlanda) que posteriormente aplicaron en la ciudad de Totnes (Reino Unido). 

 

Recuadro 10.2: Ciudades en Transición, el caso Totnes

El cambio climático y el pico del petróleo estableciendo máximos históricos podrían clasificarse como las nuevas amenazas que emergen en la sociedad contemporánea como posibles desestabilizadoras del sistema económico y social. La continuidad del sistema mundo en el que se desarrollan las diversas economías, dependen en gran parte del bajo precio del petróleo, siendo este un recurso escaso y agotable que hoy alimenta el modo de vida industrial.

Bajo esta concepción surge el “movimiento de transición” considerado “un conjunto disperso de prácticas y principios del mundo real que se han ido construyendo a lo largo del tiempo a través de la observación y la experimentación de comunidades que crearon resiliencia local y redujeron las emisiones de carbono” (Brangwyn y Hopkins, 2009).

Hopkins, uno de los principales referentes del movimiento, comenzó su trabajo con un grupo de estudiantes desarrollando la iniciativa Plan de acción de descenso de energía para la ciudad de  Kinsale,  siendo  la  primera  iniciativa  para  crear  resiliencia  con  el  propósito  de  superar  las consecuencias del cambio climático y del pico del petróleo. A partir de allí, Hopkins comienza a desarrollar Totnes Ciudad en Transición, primera experiencia del Reino Unido basada en fomentar y concientizar a la población de las consecuencias presentes y futuras del cambio climático.

La misma presenta un programa de relocalización de los diversos aspectos que constituyen la vida del hombre en sociedad.

Totnes Ciudad en Transición “se asienta sencillamente sobre la idea de que si una ciudad disminuyera su consumo de energía y recursos podría, si fuera adecuadamente planificada, ser más resilientes, más prolífica y más placentera que en la actualidad” (Brangwyn y Hopkins, 2009).

De este modo, la resiliencia constituye una planificación estratégica fundamentada en la lógica de prevención de las amenazas futuras a raíz del pico del petróleo y el cambio climático.

Energía, Alimentos, Transporte, Salud, son algunas de las áreas que incluye el plan de resiliencia urbana para Totnes, posibilitando el desarrollo de fuentes alternativas para satisfacer los requerimientos del ser humano, que hoy en su mayoría son desarrollados bajo la lógica industrial tradicional, y lograr una Comunidad Autosuficiente.

El fin último de los programas de transición es lograr reducir el consumo del petróleo con un plan a largo plazo, que implica la concientización y compromiso de la ciudad y su consecuente participación, y de este modo la resiliencia se instalará como concepto clave en la vida de esta comunidad.  

Como respuesta local al cambio climático, la idea es generar comunidades con la mayor independencia energética posible a través de la producción local, la reducción de los consumos de energía, la utilización de fuentes renovables, la minimización de los residuos, fortaleciendo a la vez los lazos sociales y comunitarios dando así respuestas resilientes a las perturbaciones ambientales, energéticas y económicas. Retoman una idea originaria de sostenibilidad.  Se trata, pues, de que los y las habitantes mejoren su calidad de vida con ideas innovadoras y desde la base, en un escenario urbano que minimiza los combustibles fósiles, reutiliza, apuesta por la autosuficiencia económica y energética y reduce los impactos sobre el medio ambiente global (resiliencia e inteligencia serían casi sinónimos). 

 


2 “Es un término genérico para la aplicación de éticas y principios de diseño universales en planeación, desarrollo, mantenimiento, organización y la preservación de hábitat apto de sostenerse en el futuro” (Hieronimi, 2008).


10.4 Consideraciones finales

La reducción del concepto de urbanismo a un conjunto de conocimientos y prácticas ordenadas con una perspectiva funcionalista es insuficiente para concebir la Ciudad como tal. Esta es un espacio de construcción ciudadana, cargado de tensiones que definen el hábitat de emancipación creado por el hombre. Es el territorio en constante construcción y resignificación, no sólo desde el urbanismo, sino también desde lo social.

De  este  modo  las  ciudades  de  hoy  deben  pensarse  en  el  triple  contexto  de  la  globalidad,  la sociedad informacional y el cambio climático; fundado en la necesidad de contar con factores como la comunicación y el movimiento como esenciales de la construcción ciudadana. Así se debe hablar de una Agenda Urbana como respuestas a las necesidades espaciales de acuerdo a los desafíos de cada época, siendo la integración de las ciudades en clave competitiva a los espacios globales, el re-entrenamiento masivo de la población para los requerimientos de la nueva economía, la gobernabilidad, el nivel de cohesión social y el soporte infraestructural de las estrategias urbanas frente al cambio climático.

La transformación urbana deriva de un cambio integral dado por cambios en la geografía económica, los soportes productivos, la sociedad y los procesos de constitución institucional. Esta dinámica se traduce en los grandes retos actuales de las ciudades impulsadas por la interacción entre sector público y sector privado. 

Pero no se reduce a esa instancia el proceso de transformación de las ciudades. Las mismas afrontan, más allá de los factores propios de su territorio, retos globales como ser el Cambio Climático. De este modo es necesario un proceso de coordinación de políticas públicas a nivel local para crear planes de resiliencia.

Hoy el reto de la urbanización comprende superar una compleja gama de factores y configurar ciudades  sustentables, superar los  desafíos  derivados  del calentamiento  global  e iniciar  procesos comunitarios que refuercen los lazos sociales y propicie el desarrollo de la ciudad como espacio de ciudadanía. 

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